La lucha de dos becerros ensabanados, una joya genética en la ganadería segoviana de Flor de la Canela
Las siguientes imágenes captadas hace unos días en la finca segoviana de Flor de la Canela muestran a dos becerros ensabanados -completamente blancos-, un macho y una hembra, protagonizando una escena de pugna que va mucho más allá de lo anecdótico. Se trata de una auténtica joya genética, un reflejo de la selección y el trabajo ganadero, donde la pureza de la capa se une al instinto y al comportamiento natural del toro de lidia desde sus primeros días de vida.
A pesar de su estrecho vínculo, ambos becerros participan en un juego de lucha que forma parte esencial de su desarrollo social. Estas escaramuzas, lejos de ser agresivas, permiten a los animales medir fuerzas, retarse y comenzar a definir jerarquías, siempre dentro de un marco de confianza propio de animales hermanados. El enfrentamiento termina con rapidez y, casi de inmediato, vuelven a pastar o a descansar juntos, reforzando su vínculo.
Uno de los momentos más reveladores del vídeo es la intervención de la madre del becerro macho, la vaca “Pañoleta”, que corta el intercambio en cuanto detecta un aumento de intensidad. Este comportamiento, habitual en las hembras dominantes, demuestra el fuerte instinto social de la raza, donde la madre actúa como reguladora del orden y garante de la paz dentro del lote.
Desde el punto de vista físico, estos juegos resultan fundamentales. Al empujarse y medirse, los becerros fortalecen el cuello y el morrillo, las extremidades y el tronco, al tiempo que desarrollan la coordinación, el equilibrio y la capacidad de medir distancias y apoyos. Al igual que ocurre con los cachorros de león o los lobos, el instinto de lucha está impreso en su ADN, incluso cuando apenas cuentan con 40 días de vida.
El comportamiento observado también revela una característica diferencial del toro de lidia frente al ganado manso: su mayor reactividad. El umbral de respuesta ante cualquier estímulo es más bajo, lo que convierte cada provocación en una oportunidad para expresar temperamento y casta. Desde edades tempranas, estos juegos determinan quién asumirá un papel dominante y quién será subordinado en la edad adulta.
Todo ello se enmarca en la filosofía de la Ganadería Flor de la Canela, basada en la cercanía, el respeto al animal y a la tierra, y una firme apuesta por construir su base ganadera con vacas y sementales de la provincia de
Segovia
, apoyándose en criterios de selección sólidos y relaciones de confianza con los ganaderos de la zona. A su base histórica de origen Valdespino se suma el refresco genético procedente de La Perla (Vidrié–Torrestrella), donde destaca el semental ensabanado “Fantasma”, aprobado por su clase y bravura en un tentadero de máxima exigencia, cualidades certificadas por el matador de toros Pablo Atienza, y que hoy marca el futuro genético de la casa.
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