La región segoviana, como muchas otras del país, vivió este miércoles episodios que nunca olvidará: sí, el único eclipse total que muchos verán, pero también la inédita presencia de estadounidenses, alemanes o noruegos entre sus calles y plazas.

Una familia viendo el eclipse del 12 de agosto desde el encinar de Saldaña (
Segovia
).EL HUFFPOST"Es el evento natural no destructivo más impresionante que se puede presenciar y se vive aquí, en Segovia. Donde crecí y nací", explicaba mi padre entre la emoción y la alegría que solo pueden ofrecer los momentos únicos. La premisa no podía ser más convincente. La fecha del 12 de agosto de 2026 llevaba grabada a fuego en el calendario desde hacía meses; para algunos, incluso años. El último eclipse total visible desde la península había tenido lugar en 1912. La logística y la preparación no podían dejar margen para el error: había que verlo, fuera como fuese. Desde primera hora, la carretera de A Coruña soportaba un tráfico inusual para ser un miércoles de mediados de agosto. En la dirección de todos y cada uno de los vehículos se intuía el mismo objetivo: alcanzar una región donde el cielo ofrecería el 100 % de la totalidad.
Riaza, un pequeño municipio segoviano de apenas 2.000 habitantes, amanecía consciente de que aquel no sería un día cualquiera. Entre carnicerías, fruterías y panaderías, negocios propios de una España que todavía conserva el gusto por el producto local, llegaban visitantes de prácticamente cualquier rincón del planeta. En mitad de la plaza, las raciones de guisos pasaban de mano en mano mientras los visitantes acompañaban el aperitivo con bebidas de toda índole. "Estamos teniendo mucha suerte, no hay una sola nube", se escuchaba entre las míticas mesas y sillas de metal de las terrazas de los bares de toda la vida. El Ayuntamiento se había preparado para recibir a unas 10.000 personas y había habilitado un escenario donde, una vez terminado el espectáculo celeste, la jornada continuaría con un concierto a las 21:45 horas: Música para un eclipse.
Las conversaciones, como no podía ser de otra manera, giraban en torno al acontecimiento astronómico. Sin embargo, quizá lo más especial de aquellas palabras era que casi todo era teoría. Nadie había vivido algo semejante y, por ello, la emoción se incrustaba en el cuerpo segundo a segundo, mientras el Sol avanzaba hacia su encuentro excepcional con la Luna. El momento de la totalidad, cuando las gafas homologadas dejan de ser necesarias; la corona, las perlas de Baily, las protuberancias solares... De pronto, todos éramos astrónomos. Pero, sobre todo, éramos espectadores de una primera vez: de esas experiencias que, con casi total certeza, no volverán a repetirse.
A 18 kilómetros aparece
Ayllón
, otro municipio segoviano fronterizo con Soria de apenas 1.000 habitantes. De estética medieval y rodeado por los restos de su antigua muralla, los estandartes y las banderas heráldicas daban la bienvenida a propios y extraños tras el río Aguisejo. La Plaza Mayor comenzó a notar entre sus adoquines la dimensión de una jornada inédita. Las terrazas y los hoteles llevaban colgado el cartel de sold out desde hacía meses después de que el cielo hubiera señalado aquel rincón como un lugar privilegiado. Entre la Torre de La Martina y la estatua del Cristo Redentor, a escasos metros del centro del pueblo, las sombrillas de los turistas comenzaron a sembrar el paisaje elevado. Prismáticos, cámaras fotográficas, telescopios… El material propio de los admiradores del firmamento. Hay que recordar que, una vez concluido el eclipse, las lágrimas de San Lorenzo —popularmente conocidas como las Perseidas— tomarían el relevo en la noche.
Pero, volviendo a la Tierra y a la Plaza Mayor de
Ayllón
, otros acontecimientos inéditos recorrían el pueblo camino de los miradores. "Jamás pensé que le pondría una cerveza a un estadounidense o a un alemán", reconocían entre risas los camareros detrás de las barras. Durante 24 horas, la llamada España vaciada dejó de estar vacía. A los vecinos de siempre se sumaron estadounidenses, alemanes, noruegos y visitantes llegados de otros tantos países, cargados con mochilas, cámaras y meses de planificación. Algunos habían cruzado un océano; otros, media Europa. Muchos habían elegido un pequeño municipio de la España rural para mirar al cielo. Y quizá ahí residía otra de las imágenes más poderosas del día: pueblos acostumbrados al silencio, a las persianas bajadas y a ver marcharse a sus jóvenes convertidos, de repente, en destino de miles de personas. Por unas horas, el encuentro entre el Sol y la Luna devolvió a estos pueblos algo que también escasea: el bullicio, las conversaciones y la sensación de que el mundo entero podía detenerse, por un instante, en sus calles.
El eclipse ofreció un minuto de oscuridad, pero iluminó para siempre estas regiones. Entre los kilómetros que separan
Riaza
de
Ayllón
se encuentran también los pueblos que ni siquiera llegan al centenar de habitantes: desconocidos por extranjeros y nacionales. Entre carreteras secundarias y trigales se encuentra Saldaña, un pueblo que guarda entre sus casas bajas historia, tradición y el esfuerzo de quienes la sacan adelante invierno tras invierno. Camino a Corral, otro de los pueblos célebre por el mejor asado que un paladar puede saborear, se encuentra su encinar. Un recóndito lugar que, casualmente, ofrece la mejor perspectiva para disfrutar del eclipse.
Mesas de plástico, sillas de playa, bocatas y picoteos varios hacían tiempo hasta el ansiado instante en los secarrales cercanos al campo de cereal. De pronto, el entorno empezaba a cambiar. La Luna entraba en la órbita del Sol poco a poco, mientras la luz se convertía cada vez más tenue y los animales empezaban a refugiarse confundidos por el evento. Los tonos verdosos propios del campo se iban apagando y la temperatura disminuía sutilmente hasta que fue perceptible. Venus, el planeta que más brilla en el firmamento, apareció cerca de la estrella que ilumina el planeta y, de pronto, la oscuridad y el silencio se adueñaron del ambiente. Era más de lo que pueden mostrar las imágenes, más espectacular de lo que pueden expresar las palabras. Una vez se retiraban de los ojos las gafas homologadas, en el momento exacto de totalidad, el espectáculo invadía la emoción de todos los espectadores.
Apenas un minuto y medio duró la totalidad. Noventa segundos que bastaron para presenciar un acontecimiento sobrecogedor e irrepetible y que, sin embargo, dejaron algo todavía más valioso: durante ese breve instante, cada una de las personas que levantó la mirada al cielo lo hizo acompañada de sus seres queridos, de amigos, de familiares o de quienes habían viajado miles de kilómetros para compartir aquel momento. "¿Nos organizamos para ver el siguiente?", se preguntaron muchos cuando la luz comenzó a regresar. Será el 2 de agosto de 2027, por la mañana, y se podrá ver en Cádiz, Ceuta, Melilla y el norte de Marruecos.
Quizá esa sea la verdadera magia de los eclipses: que, aunque ocurren a cientos de miles de kilómetros de nosotros, consiguen acercarnos como pocas cosas. Durante un minuto y medio no hubo turistas ni vecinos, españoles ni extranjeros, jóvenes ni mayores. Solo personas mirando al mismo cielo, conscientes de que estaban viviendo algo que recordarían para siempre. Y cuando el Sol volvió a imponerse, quedó la sensación de que aquellos pueblos segovianos habían sido, por un instante, el centro del mundo. El eclipse terminó, las gafas volvieron a los estuches y las carreteras comenzaron a llenarse marcando el regreso a casa. Pero algo permaneció: la certeza de haber compartido una de esas escasas ocasiones en las que la vida, por unos segundos, consigue detenerse.
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